domingo, 25 de enero de 2009

evatest

Lo primero que sentís el día que te enterás que estás embarazada es un chorro de pis entre tus dedos. No hay forma de no enchastrarse con esas incómodas tiritas reactivas. Yo compré la más barata (algo más de siete pesos en Farmacity) porque sabía de buena fuente que era igual de buena que la más cara. El resultado es el mismo, pero el sistema es levemente diferente. En ésta tenés que meter la cintita en un tachito de plástico lleno de orina (que generalmente apoyás sobre el bidet), irte a dar una vuelta por la casa y volver para ver las dos rayitas rosas -bien marcadas las guachas- que anuncian lo inevitable: estás con el bombo.
Lo que hacés después de eso depende de tu personalidad. Podés ponerte a llorar de emoción, de rabia o de desesperación, según el caso. O podés salir corriendo a agarrar el celular para ver a quién se lo contás primero. ¿Al padre de la criatura o a una amiga? En el caso de elegir a una amiga, obviamente tiene que ser una amiga que ya fue madre. Después de eso, ¿qué? Llamar a un obstetra y que él te diga lo que dicen todos: "empezá a tomar ácido fólico". Ahí comenzará una carrera frenética hacia la farmacia como si fuera un caso de vida o muerte. El ácido fólico salvará a tu bebé de no padecer el síndrome de espina bífida, que no sé lo que significa pero lo quiero lejos de mi hijo, eso seguro.
Y luego, nada. Comienza la amarga espera. Tu espera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario